Por: Ada Vanessa Rodríguez.
Mi nave chillante la compré durante mi primer viaje a Japón, la adquirí a uno de esos hombres que se dedican al mercado negro. En un instante me remontó a mi infancia cuando por las tardes me sentaba frente a la televisión y veía religiosamente Dragon Ball, específicamente el capítulo en que Goku llega a la Tierra.
Mi primer encuentro con mi nave fue cuando me separé del grupo con el que se armó el tour y decidí descubrir el Japón por mi propia cuenta. Ese día mientras caminaba por los callejones, muy cerca del Aeropuerto Internacional de Narita conocí a Otani-Chan, un hombre de algunos 50 años que vestía una gabardina color café y pantalones negros. Con señas me condujó hacia la guarida donde escondía mi nave.
Según Otani la nave proviene de la India, me acerqué a ella y olía a Bubbalo de mora azul, en el centro posee una puerta de forma circular que al abrirse deja ver dos asientos forrados de piel de camello.
Al verla no me aguanté las ganas y tuve que lamberla, mi nave es mentirosa, su olor a mora azul es una farsa pues sabe a leche agria, cuando la lambí mi lengua se agrietó, su coraza es rugosa y tan dura como la cáscara de coco.
Mientras tenía este primer encuentro con mi nave me dí el tiempo para ver de reojo a Otani al hacerlo descubrí que se encontraba absorto ante mi reacción, pero no me importó, yo seguía observando cada detalle por dentro y por fuera; su volante, sus pedales y los asientos forrados de piel de camello.
Por fuera su color plateado me deslumbraba, su motor tan potente capaz de llegar hasta la estratosfera en cuestión de minutos me hizo no pensarlo más y le pregunté a Otani el precio de ella, me dijo que 13 mil jens, Corrí hasta el banco más cercano, saqué el dinero, le pagué y de inmediato Otani empezó a darme un curso intensivo sobre como pilotearla, tras un día de curso intensivo, por fin me sentí seguro de usarla.
Le puse gasolina que también le compré a Otani y como mi sueño siempre fue viajar a Fukuoka decidí ir a ese lugar, cuando despegué la nave comenzó a hacer un ruido estremecedor, un chillido como el de cien ratones juntos; el ruido era tan fuerte que no me dí cuenta del aviso que mi nave me hacia acerca de la falta de gasolina.
Mi nave fue descendiendo, presioné el botón de salvación y un paracaídas fue abriéndose, caí entre el mar, nade hasta la orilla y vi alrededor de 50 gatos, lo sabía había llegado a Fukuoka y aquí me quedé.

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