La muerte huele a limones




Por: Ada Vanessa Rodríguez

Mi nombre es Santiago y soy viudo desde el 20 de octubre del 2000 fecha en que nació mi hijo Diego. Por complicaciones durante el parto, el corazón de mi esposa no aguantó y un infarto provocó su muerte. Mi hijo peso 3 kilos y midió 52 centímetros. Cuando lo tuve entre mis brazos constaté su fragilidad y eso me hizo sentir un gran deseo de protegerlo.

Desde esa fecha no había vuelto a pisar un hospital, pues mi madre siempre se había encargado de las consultas del niño, mientras que yo me preocupé por que nunca faltara el dinero en casa, mi vida era el trabajo y por eso nunca invertí tiempo en las reuniones familiares ni en los eventos escolares de mi hijo.

Un fuerte dolor de cabeza que me provocó insomnio por varios meses me hizo encararme con los hospitales. En un principio pensé que este dolor acompañado de una terrible sensibilidad a la luz podría tratarse de los síntomas de una migraña, pero el doctor no opinó lo mismo y tras una serie de estudios descubrió que un tumor cerebral crecía con gran rapidez en mi lóbulo temporal, mi vida estaba por terminar.

A un mes del diagnóstico, mi cuerpo se debilitó, los fuertes dolores de cabeza, mareos y nauseas me obligaron a dejar de trabajar. Inventé a mi hijo que me habían despedido, a mi madre le tuve que decir la verdad. Por primera vez en nueve años pasaba días enteros en mi casa, más bien en mi habitación, pues por temor a que mi hijo se enterara de mi enfermedad me recluí en mi cuarto y solía poner la televisión a todo volumen para evitar que escuchara mis tortuosos quejidos a causa de que el medicamento ya no surtía efecto.

Papá  ¿Te pasa algo?, preguntó un día Diego mientras gateaba en la cama para lograr recostarse a un lado mío.

No Diego, lo que pasa es que estoy algo cansado.

¿Cansado? Pero de qué si te la pasas acostado viendo películas, no juegas conmigo, no fuiste a mi recital de oratoria el viernes pasado y de los partidos de futbol mejor ni hablamos.

Ante eso no supe que contestar y me limité a estrecharlo entre mis brazos, cerré mis ojos y dormimos juntos. Al día siguiente, poco después del medio día Diego entró a mi habitación, de un salto subió a mi cama y como si se tratará de un tesoro sacó de su mochila un libro de pastas color verde olivo, cuyo título “Las batallas de Luis” venía escrito en letras doradas. Al tenerlo entre sus manos Diego empezó a contarme del libro.

Mira papá, en mi clase de oratoria leímos este cuento, en él, un niño llamado Luis al igual que tú, también se la pasa en su cama, pero su cuarto es mucho más divertido que este, a él lo visitan dragones y monstruos y desde su cama pelea contra ellos, sólo que Luis tiene un gran problema, que me puso triste durante la clase.

¿Qué le pasa a Luis?, le pregunté.

Luis está enfermo, pero él no lo sabe y todos los personajes contra los que pelea se deben a las medicinas y a sus fiebres.

Pero yo no estoy enfermo, sólo son migrañas, traté de hacerle creer.

No es cierto, tú si estás enfermo y aunque la abuela no me lo diga sé que también ella lo sabe, sólo espero que no tengas el mismo final que Luis.

Y ¿Qué le pasa a Luis?

No te lo diré.

Tardé dos semanas en leer el libro, cuando llegué al capítulo final su encabezado “La muerte huele a limones” captó mi atención desde el primer momento; en él se narraba como un aroma a limones penetraba el cuarto de Luis y minutos después el moría.

Justo cuando terminé de leerlo Diego entró a mi habitación y al ver el libro sobre mi buró comenzó a hacerme un montón de preguntas sobre la historia. Era la primera vez en meses que mi hijo y yo platicábamos de esta forma, de pronto Diego interrumpió la conversación.

¿Me puedo dormir esta noche contigo?

Si, contesté.

Al avanzar la noche un frío congelante comenzó a recorrer mi cuerpo, desperté y cuando abrí mis ojos encontré a Diego volteado hacia mí, contemplándome y sosteniendo mi mano, minutos después un aroma a limones empezó a inundar mi habitación. Era un olor especial, limones recién cortados que me hacían volver a mi infancia en el rancho del abuelo, un aroma que a cada segundo se intensificaba y con él mi miedo crecía de manera sobrehumana; de inmediato recordé la historia de Luis.  

Papá ¿hueles eso?


Si, huele a limones, le contesté, entonces con su vocecita entrecortada me dijo – No temas, y vete, sentí sus brazos recorrer mi espalda y lentamente me empecé a hundir entre el cuerpo de mi hijo y el colchón, dejé de escuchar, dejé de ver y suavemente me arrullé  entre el aroma a limones. 

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