Señor Agente, ¡nadie me espera en Japón!




El avión aterrizó en Estados Unidos. Atravesé ese puente que te conduce de la nave hacia el aeropuerto y cuando estuve en ese lugar simplemente seguí a los demás, y claro, también hice lo que el resto hacía.

Pasillos largos y fríos con grandes ventanas a los costados permitían observar cómo afuera un sol brillante empezaba a asomarse con gran fuerza para hacer arder el asfalto de Dallas, Texas.

Los cristales terminaron para dar inicio a  una enorme habitación, llena de prepotencia, sarcasmo, sentido de superioridad y altanería: migración.

Deslicé mi visa y pasaporte por el scanner y entonces llegué con el 'agente de migración', un hombre con el típico estereotipo estadounidense vendido por series y películas gringas: tez blanca, ojos verdes, pelo rubio, aunque, algo corpulento.

Enfundado en su vestidura de oficial de migración y con los ojos clavados en el monitor de su computadora, me di cuenta que leía mi información, entonces inició el interrogatorio.

¿Con quién vas a Japón?, ¿Cuánto tiempo estarás allá?, ¿Dónde te vas a quedar?, ¿Dónde está ubicado tu hotel?, ¿tienes familiares en Japón?, ¿tienes amigos en Japón?

¡Era enserio! Contesté a todas sus preguntas, sin embargo, titubié cuando me preguntó ¿Llevas comida?

Es que claro que llevaba comida, atún en bolsa y chocolates para Omiyage (regalos que el extranjero da a quien lo recibe en el país anfitrión). Así que le tuve que decir que eso era lo había en mi maleta.

¿Para quienes son?, ¿para amigos? 'para mí', le respondí. Sentí que forzosamente quería que le confesara que había alguien en Japón esperandome con desesperación, eso sería muy romántico y lindo, sin embargo, la realidad distaba mucho de esa idea estilo Disney.

'Ok, Done' y ¡Me dejó pasar!, ¡Al fin! Suspiré.

Seguí mi camino hasta que las barras de seguridad me detuvieron. Me quité los tenis, me descolgué la mochila, mi suéter. Mis pertenencias pasaron por una banda transportadora, mientras que a mí una agente me esculcó.

Terminó la revisión y caminé hacia la sala de abordaje de mi vuelo. Me compré un insípido sándwich de 10 dólares. Facebook me unió a mi familia y a los amigos, mientras esperaba a que el reloj marcara las 13:00 horas. Japón estaba cada vez más cerca.





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