Mientras espero el vuelo a Narita, Japón, un hombre y una mujer con un acento bastante mexicano captan mi atención. Sigilosamente me acerco a ellos y con claridad corroboró que ellos también son de México.
Rompo el hielo, les pregunto que si ese es el vuelo AA36, me responden que sí. Prosigo con el interrogatorio y esa así como me entero que vienen de Cancún, que son un matrimonio, que esa es la tercera vez que viajan a Japón y que sólo estarán de paso, pues su destino final es Taiwán.
Abordamos el avión. Desde la pequeña ventana veo al azul cielo de Dallas a punto de despedirme, mi contemplación se interrumpe cuando aquel hombre y aquella mujer que habían llamado mi atención en la sala de abordar, llegan y se sientan enfrente de mí.
Ahora estoy tranquila, esas personas que ni siquiera conocían mi nombre estaban ahí para ayudarme y decirme qué escribir en algunos apartados de la solicitud de migración para entrar a Japón y contarme de los venados en Nara, de la línea Yamanote, de Shibuya y de los Sakura en primavera.
Al emprender el vuelo, la lejanía se hacía más fuerte, el deseo de tener cerca a los míos salió por mis ojos, las primeras lagrimas aparecieron.
Tras 12 horas de viaje, el avión estaba a punto de aterrizar y mi nerviosismo se hacia presente. El intercambio con los paisanos continuaba. La mujer me aconsejó visitar Odaiba, mientras su esposo buscaba en su mapa cual era la estación de tren más cercana a mi hotel. 'Pregunta en la oficina y asegúrate de llegar a tu hotel', me dijo poco tiempo antes de aterrizar.
A través de la ventana, el azul mar de Japón iba tomando forma y, de un momento a otro, las casas eran más grandes, y podía distinguir las carreteras, entonces aterrizamos.
Seguir a los demás, hacer lo mismo que ellos, me sentía segura al lado de mis paisanos. Los tres caminamos a migración, después fuimos por nuestras maletas y, por alguna razón, suspiramos cuando nuestro equipaje estuvo con nosotros.
'Ahora un buen baño en ofuro (bañera usada en Japón)', dijo el hombre con un cansado tono de voz.
Al final, nos despedimos con un fuerte apretón de manos, nunca conocimos nuestros nombres (mal), probablemente no nos volveremos a ver, pero fue bonito.
Estaba sola en Narita.

Comentarios
Publicar un comentario